Alimentación para el Invierno

El invierno es el final de todas las estaciones. Es la estación del reposo. El invierno está relacionado con la noche, la oscuridad, la receptividad, la introspección y la lentitud, lo cual puede crear tristeza, inseguridad, miedo y frialdad y, por tanto, instaurar una condición de falta de: confianza, coraje y movimiento. Las noches son más largas que los días y al estar más cerca de la hibernación, tendemos a instalar el cuartel general. 

Alimentación para el invierno

En la Naturaleza todo está en reposo (las hojas caídas, los árboles desnudos, el clima frío), debido a la disminución del movimiento. Por ello, en estas épocas, se produce una concentración de energía y de materia. La energía de la tierra está durmiendo, en estado flotante, su potencial vegetal es una semilla que espera el calor de la primavera para brotar.
Lo que nos enseña la Naturaleza es conservar el máximo de energía, no es tiempo de malgastar, de extravagancias. En términos de salud necesitamos preservar los recursos y fuentes internas economizando el gasto de energía.

Armonizar con el invierno pues, requiere mantener la actividad al mínimo para guardar flexible la columna y almacenar energía, tiempo de interiorización, de receptividad y de profundización.

De esta forma, lo que necesitamos básicamente en el invierno es nutrición y calor.

Comida que de fuerza y calor, que construya, no es época de limpiar ni de depurar, sino de construir una estructura vital capaz de protegernos para aumentar el calor interno: alimentos calientes, sopas caseras, comida preferentemente de cuchara y de caldero, alimentos íntegros y completos como los granos: cereales completos, semillas y legumbres, especialmente las judías oscuras y pequeñas, alimentos más secos, algas marinas, cocciones más largas y menos agua en la cocción.

En contrapartida, desequilibra la estructura vital el café, el tabaco, el exceso de sal así como cocinar sin nada de sal, el azúcar y las frutas tropicales altas en glucosa, los alimentos altamente procesados (cargados de residuos), cocinar demasiado oscuro (barbacoa, ahumado, brasa), el uso del microondas, toda la comida fría (bebidas y sólidos) y el exceso de líquidos y bebidas diuréticas.

El trigo sarraceno aporta calor y fortalece los riñones, dependiendo de la condición; las azukis (judías rojas) son particularmente beneficiosas para los riñones, así como algunas verduras de hoja: col, hojas verdes, coliflor, brécol, berros y ortigas. Ayudará añadir algún alga marina en las cocciones, el alga kombu aporta minerales y fortalece los riñones. Las comidas conviene que sean calientes y fortalecedoras, donde las sopas, caldos, potajes o consomés son imprescindibles.

La fortaleza de los cabellos, la solidez de los huesos, la flexibilidad de las articulaciones, la ausencia de enfriamientos, la vitalidad y la desaparición del cansancio, la mejoría de los oídos y el vigor sexual pueden lograrse cuando actuamos conforme a la naturaleza aplicando estas claves sencillas y de sentido común en el invierno.

Finalmente conviene no abusar del producto animal: carnes, fritos, mariscos, huevos, embutidos o quesos duros en el invierno, para así reducir en la primavera, sobrecargas orgánicas como alergias, problemas de piel o problemas circulatorios y de esa forma, poder florecer como las plantas con la llegada de los primeros rayos de sol.