Alimentación para el Verano

El verano es la estación del crecimiento y la maduración, se relaciona con el calor y con la luz solar, de tal forma que, a más cantidad de calor, más rápido es el crecimiento y la maduración. Es por esto que, en las zonas del planeta donde más calor hace, el crecimiento humano es más rápido, las mujeres aceleran su primer ciclo menstrual y su maduración hormonal y los frutos maduran antes en los árboles.

El verano comienza el 21 de Junio con el solsticio de verano, el día más largo del año, y justo en el inicio de la estación comienza el inicio del ciclo de crecimiento de la oscuridad, que alcanza su punto máximo seis meses más tarde, el 21 de Diciembre con la entrada del invierno.

El crecimiento está íntimamente ligado al decrecimiento, de la misma forma que cuando el día llega a su punto máximo de oscuridad, las 12 h. de la noche, justo en ese momento comienza a aclararse la noche y empieza el día; son pues situaciones dinámicas y antagónicas que van cambiando. Así como la naturaleza vive esta relación cambiante y dinámica, también el ser humano necesita adaptarse a los cambios de estación para de esa forma estar en armonía -salud- consigo mismo y con el entorno.

En la visión taoísta y en la medicina tradicional china, el verano se relaciona con el elemento fuego, un tiempo donde el sol produce su máxima energía, con más acción y movimiento hacia fuera, creando un clima caliente y seco. Es el tiempo de exteriorizar nuestras vivencias, el tiempo de viajar, de aumentar las actividades en el exterior, de máxima comunicación y celebración. Es pues, un tiempo de recreo y de distensión. Así resulta más difícil en esta época obtener unos niveles altos de concentración, pues la propia naturaleza nos invita a la expansión, la relajación y al disfrute. El fuego, entonces, se relaciona con lo cálido y con la luz: es dinámico, activo, vital y colorido. Estar en fuego es estar lleno de excitación por la vida, es el principio vital, la pasión que comenzó a estimularse en la primavera llega a su punto máximo. Cuando el elemento fuego actúa armónicamente crea una atmósfera de calidez y de amor. El elemento fuego, desde esta visión dinámica y cambiante, crea un sin fin de aspectos coaligados: el sabor amargo del café, de las hojas verdes de las verduras; el calor que puede perjudicar al corazón, la transpiración o sudor, que ayuda a equilibrar los líquidos corporales; la risa como aspecto de comunicación, cercanía, conexión y disfrute; la circulación del cuerpo y, particularmente, de los vasos sanguíneos; y finalmente, el elemento fuego gobierna el corazón, el intestino delgado y el sistema nervioso. Es de suma importancia entender y modular los hábitos en esta época; es evidente que necesitamos más distensión, más líquido y menos comida, pero si nuestra alimentación no varía, sino que seguimos comiendo de la misma forma que en otras épocas, entonces es bastante probable que se produzca una congestión en el organismo y éste nos pida alimentos refrescantes, entonces es cuando nos sentimos atraídos por exceso de líquidos, bebidas frías, helados, azúcar, etc.., los cuales tienen un efecto demasiado expansivo y de enfriar, con lo cual acumulamos demasiado frío y líquido en el cuerpo. Cuando llega la estación seca del otoño necesitamos energías de concentración, de recogimiento, entonces es cuando el organismo, al intentar buscar su propio equilibrio, necesita eliminar todo aquello extra, todo en lo que nos “hemos pasado”, y lo hace eliminando líquidos en forma de gripes y resfriados; es por esto que, para pasar un otoño sin resfriados es esencial no abusar de los alimentos fríos ni de líquidos y grasas.

En esta línea, podemos entender que la comida en verano necesita ser más ligera, con más líquido, más crudos, ensaladas, alimentos más frescos y no muy cocinados ni horneados, comida más colorida y en menos cantidad. Aumentaremos el consumo de frutas, el cereal más indicado es el millo; la legumbre, las judías o el tofu, una especie de queso de soja, muy ligero; verduras de hoja como la lechuga, escarola, endivia, berro y verduras de fruto como el pepino, el calabacín o las habichuelas. Entre los alimentos que producen más desequilibrios estarían los picantes, las grasas animales- que afectan al corazón-, el alcohol, el tabaco y las comidas copiosas; como alimentos extremos estarían el azúcar, el café, el té y el excesivo consumo de frutas tropicales.

Los problemas de corazón, de circulación, de presión arterial irregular o palpitaciones por excesiva ingesta de grasas, y digestivos, por el consumo excesivo de líquidos, bebidas frías y azúcar, son más acuciantes en esta época y reflejan una inadaptación a las condiciones externas. Los ciclos de la naturaleza nos enseñan que, para estar en salud, es necesario atender lo que pasa en la naturaleza y adaptarnos a la nueva situación. De esta forma, podemos desarrollar una actitud de alegría, de calma interior, de calidez y amor y de simpatía, o bien, una actitud de hiperactividad, superficialidad, hablar demasiado, de excesiva fogosidad o pasión y de demasiada emotividad.

Por tanto, desde esta perspectiva, la adaptación al entorno nos enseña si estamos o no actuando acorde con el exterior y que la salud no es sólo estar en armonía con nosotros mismos sino con el entorno y que la vida es dinámica y cambiante, haya sol o panza de burro.